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domingo, 28 de octubre de 2012

LA ARMÓNICA







LA ARMÓNICA






“Lo que intencionalizo en una foto (…) no es ni el Arte, ni la comunicación,
es la Referencia, que es el orden fundador de la Fotografía.” 


-Roland Barthes, en La Cámara Lúcida-


















Nada se pierde aunque nosotros no lo encontremos, aunque yo mire una vez y otra vez y me parezca que toda mi vida he estado allí tratando de levantarme. De levantarme, sí, y de darme la vuelta, antes, cuando todo se resumía a un no poder porque estaba terriblemente enfadada pero a la vez completamente enamorada de lo que me decían y para mí no existía otra ninguna cosa que la de permitir que todo me arrebatase. Yo no podía impedir que en mi cabeza me deslumbraran de aquella forma  todas las cosas cuando se descubrían, jamás antes había yo visto mundos así, me mantenía dando brincos de una cosa a la otra, nada supe de mí, todas las veces eran las cosas las que a mí me creaban. ¿Cómo no oir el ruido limpio de la puerta al cerrarse, la puerta aquella maravillosa, puerta terrible como yo; y ya no era que me dejaran dentro, era ese ruido metálico, firme que, según dijeron, significaba adiós y ya jamás pude dejar de mirar a esa montaña de misteriosos decretos… El olor a galletas me hizo pequeña, de ella mejor no hablar, de ella no digo nada, de ella tan sólo el cuello, un cuello imperecedero como una soga celeste a la que me aferré mientras seguía la iridiscencia de los pasillos… Unos pasillos hechos con barandillas al estilo de las olas del agua, en una enorme brazada, la barandilla me vino a depositar junto a un sueño, creo que me dormí de una vez todos los siete años que no tenía, creo que imaginé lo que luego pasó, nadie me dijo ni de dónde venía ni cómo ni para qué ni yo ni ellas ni si iban a aparecer, luego, tan increíbles colores, figuras como las que después no he podido encontrar (en este mundo) porque aquello eran varios, multitudes de mundos, cada cual con su tiempo, cada vez con su voz; el tiempo de todos ellos se me metía en la piel, sobre todo en los ojos, descubrí el chocolate, mis dedos se transformaban con su color, se volvían hormigas, cada cosa me comenzaba, cada cosa me atenazaba, ¿qué podía yo hacer? si debajo de cada puerta que se giraba aparecía una sombra que eran historias que eran canciones que después eran la explicación de la causa de que las ramas se siguieran moviendo y fabricaran las noches e hiciesen ruidos otra vez cuando la puerta grande se volvía a cerrar… Arroz… era el arroz mi familia, yo no he visto jamás nada tan duradero como buscarme en los rostros que se me iban apareciendo de un blanco Universal. El Universo era la piel, el trocito entreabierto junto a la oreja que a veces veía y a veces no, era mucho más elocuente que todas las letras juntas, que todo el tartamudeo de las clases o el sol… una raya en el pelo, la inclinación al hablar de una cintura, ¡tan incesante!

Y me quedé sentada en el primer escalón y debieron pasar todos aquellos mundos y ahora no sé, no, ahora no sé si todavía sigo o acaso anduve sonámbula ¿aquella noche?, mi pequeña mamá me había dado una armónica que la llevaba… no te sabría decir… siento que desde allí todo confluye, siento que reverbera, siento su voz como si nunca hubiese cesado.













*Fotografía Lollipos, 1910. Gertrude Kasebier














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